lunes, 24 de septiembre de 2007

[El Arte de Perderse]

[Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de ramas secas,]Estaba convencido que lo llevaban hacia el centro, ese último viraje había si¬do a la derecha, hacia el centro, sí. ¿O había sido a la iz¬quierda, por Simón Bolívar? [y las callejuelas de los barrios céntricos reflejarle las horas del día] Y ahora, ¿era izquierda o derecha? Simón Bolívar ¿y a lo mejor habían torcido en Pedro de Valdivia? ¿O habrían doblado en Salvador vi¬niendo desde Irarrázaval? [tan claramente como hondonadas del monte.] Mierda, ya no sabía. Luego unas vueltas como en círculo, ¿lo estarían haciendo a propósito estos conchas de su madre? [Este arte lo aprendí tarde,] Eso también lo sabía, se lo habían dicho, uno cree ubicarse, pero te des¬pistan, te marean, tranquilo, había que calmarse [«cumpliéndose así el sueño del que los laberintos sobre el papel secante de mis cuadernos fueron los primeros rastros]. Des¬pués los ruidos se amortiguan, un túnel, un estaciona¬miento. Se detienen, lo bajan, a empujones, que cami¬nara, cuidadito, baje las escaleras, ya, pasen por aquí nomás, voces desconocidas, quiere decir que no son las que les ha oído a sus captores, y otras voces, por aquí, si¬ga nomás, derechito, cuidado que hay escaleras de nue¬vo, pero suben, ya, así, siga nomás, siga, al fondo vuel¬ven a bajar, ya. Lo curioso es que esas voces le parecen amables, acogedoras. Y un detalle curioso, que había un tableteo de máquinas de escribir como ruido de fondo, taca taca taca tac, ¡ting! ¿Qué huevada tan rara, no? Di¬go hablándole al Claudio del espejo, allí en el Bar Boadas, en la calle Tallers, en Barcelona, España, veinte años después. Hemos bajado del terrado al atardecer, cruzado las Ramblas, para tomar un aperitivo en ese pequeño bar, rituales de uno. Dos cuarentones, él un poco más canoso, pero también más delgado que yo, tomando unas copas en la barra del Boadas. Nada tan extraño, di¬ce él, que en todas esas casas, hablando de los centros de detención de la policía política, en la calle Londres, en José Domingo Cañas, en Villa Grimaldi, había oficinas, quiere decir que también se hacía trabajo administrati¬vo, con mecanógrafas, secretarias, empleados, todo eso. O sea que taca, taca tac, ¡ting!, patada en el culo, que ca¬minara el huevón, que no lo habían traído de paseo, ta¬ca tac ¡ting!, golpe en la cabeza, ¿qué mierda?, cuidado con el mate, agáchate, taca tac ¡ting!, fierro helado.

(ELECTORAT, Mauricio: La Burla del tiempo, Barcelona, Seix Barral, 2004. pp. 290-291)

[BENJAMIN, Walter: Infancia en Berlín hacia 1900. Buenos Aires, Alfaguara, 1990 , p.15]

[Tiempo /Repetición del Naufragio]

«[Se ha dicho muchas veces lo “déja vù”. No sé si el término está bien escogido] Durante unos segundos, la superficie plomiza y ligeramente crespa absorbe los pensamientos de Nula, y en cada una de las olitas rigurosas, idénticas, en movimiento continuo [No se habla mejor de sucesos que nos afectan como eco cuya resonancia, que lo provoca, parece haber surgido, en algún momento de la sombra de la vida pasada?], que se yerguen formando un borde que, más que una curva, representaría con mayor precisión un ángulo obtuso [Resulta, además, que el choque con el que un instante entra en nuestra conciencia como algo ya vivido, nos asalta en forma de sonido.], le parece asistir a la manifestación visible del devenir [Es curioso que no se haya tratado todavía de descubrir la contrafigura de esta abstracción, es decir del choque con el que una palabra nos deja confusos, como una prenda olvidada en nuestra habitación]que, por exhibirse a veces en el acontecer a través de la repetición o de la inmovilidad engaño­sa [De la misma manera que ésta nos impulsa a sacar conclusiones a la desconocida, hay palabras o pausas que nos hacen sacar conclusiones respecto a la persona invisible:], le da a los sentidos toscos la ilusión de la estabilidad [Es una palabra, un susurro, una llamada que tiene el poder de atraernos desprevenidos a la fría tumba del pasado, cuya bóveda parece devolver el presente tan sólo como un eco]. (…) el mismo movimiento constante que la formó la va erosionando, haciéndola cambiar de tamaño, de forma, de lugar, y el ir y venir de la materia y de los mundos que hace y deshace, no es más, según él, que el fluir sin dirección ni objetivo, ni explicación conocida, del tiempo invisible que, silencioso, los atraviesa [me refiero al futuro que se dejó olvidado en nuestra casa].

—Fíjese como son todas iguales —dice.

Gutiérrez lo mira sorprendido.

—Las olitas —dice Nula—. Cada una de ellas, es la misma con­vulsión que se repite.

—La misma no —dice Gutiérrez, sin siquiera mirar la superficie del agua.»
(SAER, Juan José: La Grande. Buenos Aires, Seix Barral, 2005. pp.19-20)
[Benjamín, Walter: Infancia en Berlín hacia 1900. Buenos Aires, Alfaguara, 1990. p.45]