La evolución económica de América Latina apunta, gradualmente, a la liberalización del mercado y a la privatización de la industria, incluso cultural. El capital señala y selecciona los elementos que ingresarán o no a la burbuja cultural latinoamericana. Poco a poco, la regulación del mercado por parte de los estados va perdiendo terreno, evidenciando el avance del “imperialismo norteamericano”, el cual no es otra cosa que un capitalismo globalizante[1]. Sin embargo, las sociedades de América Latina sólo terminan de ceder ante el impulso imperialista cuando comienzan a sucederse las dictaduras militares, las cuales, de manera violenta, se apropiarán de la cultura[2] y la libertad. «En América Latina la introducción de esta nueva etapa del capital fue precisamente el papel epocal que jugaron las dictaduras. De nuevo, vale la pena recordar la frase de Eduardo Galeano: se torturó al pueblo para que los precios pudieran ser libres. Si la función de las dictaduras fue la instalación de la etapa posmoderna del capital, la tarea de la escritura en las postdictaduras posmodernas será necesariamente distinta a la de las postdictaduras anteriores.»[3]. Como dice Avelar, hay que ver a las dictaduras como «instrumentos de de una transepocal del Estado al Mercado»[4]. Una descripción más positiva nos da Lavín: «Labores que antes estaban sólo reservadas al sector público, han comenzado a ser efectuadas con éxito por empresas privadas. Las Instituciones de Salud Previsional, más conocidas como Isapres, con un millón de beneficiarios, han generado una demanda por servicios de salud cubiertos por el sector privado. Las primeras cuadras de la calle Salvador, en Santiago, constituyen hoy un verdadero "barrio médico", en el que en menos de medio kilómetro compiten entre sí laboratorios, clínicas dentales y centros de salud. La previsión privada es una realidad para más de dos millones de afiliados a las Asociaciones de Fondos de Pensiones, AFP, y para cientos de jubilados y pensionados del nuevo sistema. Entre otros, el sector privado también incursiona fuertemente en el campo de la educación, con la creación de numerosos colegios particulares y de 2.700 escuelas privadas subvencionadas por el Estado. Centros de formación técnica, institutos profesionales, y hasta universidades, constituyen y nuevas alternativas privadas para quienes terminan su educación escolar. Se ha generado, incluso, una industria privada de apoyo a la educación, dedicada especialmente a crear programas computacionales para la enseñanza de las más diversas materias.»[5] En este sentido, hay un desplazamiento del ciudadano al consumidor[6], concreto en esta época posdictatorial[7].
[1] «En América Latina la globalización económica es percibida sobre dos escenarios: el de la apertura nacional exigida por el modelo neoliberal hegemónico, y el de la integración regional con que nuestros países buscan insertarse competitivamente en el nuevo mercado mundial. Ambos colocan a la “sociedad de mercado” como requisito de entrada a la “sociedad de la información”» (Martín Barbero, p.17)
[2] «En este caso se trata de la memoria fetichizada, en donde los hechos se nos exhiben como meros datos recordatorios, números, fechas, anécdotas. Es un proceso de mercantilización del discurso; los testimonios adquieren la forma de un objeto cuya observación sólo se permite en desconexión de la totalidad social que le dio origen. Su principal efecto es la trivialización del terror, convertir lo horroroso en banal.» (Azzali, p. 7) Así, «(...) la memoria del mercado pretende pensar el pasado en una operación sustitutiva sin restos. Es decir, concibe el pasado como tiempo vacío y homogéneo, y el presente como mera transición.» (Avelar, p.14)
[4] Avelar, p.22. «Estas transformaciones son consecuencia de tres factores principales: el dramático cambio experimentado por la economía mundial, que ha pasado en pocos años de la "era industrial" a la "era de la información", debido a un sorprendente desarrollo tecnológico; una política deliberada de integración con el mundo, iniciada en 1975, que no echó sólo por tierra las barreras del comercio, sino que amplió el horizonte de los chilenos al otorgarles acceso a información, tecnología y bienes de consumo que hasta entonces sólo conocían por sus escasos viajes al exterior; y todo lo anterior, en un ambiente que ha favorecido la iniciativa individual, la creatividad, la innvación, la audacia y la capacidad empresarial» (Lavin, p.11)
[5] Lavin, p.23-24
[6] En una visión positiva del fenómeno, señala Lavín «La orientación hacia el cliente, propia de una economía de mercado competitiva, ha hecho que las Empresas tiendan fuertemente a otorgar un mejor servicio pensando en los diferentes gustos de cada consumidor, en facilidades de financiamiento y en ahorro de tiempo.
Hasta hace pocos años no era posible para un chileno cobrar un cheque en cualquier sucursal de su Banco, ni menos podía obtener fondos o efectuar depósitos los fines de semana. Ahora se efectúan 800.000 transacciones al mes en los 160 cajeros automáticos instalados en diferentes lugares del país.
Los supermercados han alcanzado un notable desarrollo, desplazando al "almacén de la esquina" en todos los niveles de la sociedad. Las comodidades son cada vez mayores: 5.000 familias santiaguinas, especialmente aquellas en que el marido y la esposa trabajan, hacen por teléfono sus compras semanales, las que son despachadas a cada hogar por la flota de camiones de Telemercados Europa. Loa servicios al cliente se sofistican cada vez más: en la boleta de los supermercados Almac, la dueña de casa puede leer con todo-detalle cuánto compró de cada producto, con sus respectivos precios. Los grandes mall, como el Parque Arauco o el Apumanque, reciben a más de un millón de personas todos los meses, y rivalizan por atraer clientes transformando el comprar en un verdadero paseo familiar de fin de semana. Paralelamente las tarjetas de crédito Visa, Diners, MasterCard o American Express ayudan al financiamiento de miles de familias, sistema que comenzaron a utilizar -con tarjetas de crédito propias- grandes establecimientos comerciales como Falabella, Almacenes París, Ripley, y otros.
Se puede viajar a Concepción, de noche, en buses-cama, con televisor, o con video-cassette, por un precio más bajo que el del viaje en tren, y es posible telefonear desde Panguipulli -ciudad sureña de 30.000 habitantes- a cualquier lugar del mundo a través de discado directo. ¿La revolución de los servicios?: Una realidad de la que ya disfruta el consumidor chileno.» (Lavín, p.22,23)
[7] «La alegoría es el tropo de lo imposible, ella necesariamente responde a una imposibilidad fundamental, un quiebre irrecuperable en la representación. Si una de nuestras premisas aquí es que la derrota histórica que representan los regímenes militares ha implicado también una derrota para la escritura literaria, se impone entonces la tarea de “hablar otroramente” (allos-agoreuein). Este “hablar otro” no se entiende aquí sólo como una mera búsqueda de formas alternativas de habla, sino también el hablar ‘del’ otro (en el doble sentido del genitivo), de responder a la llamada del otro. (En) la literatura postdictatorial habla al (el) otro. La alegorización tiene un lugar cuando aquello que es más familiar se revela como otro, cuando lo más habitual se interpreta como ruina, cuando se desentierra la pila de catástrofes pasadas, hasta entonces ocultas bajo la tormenta llamada “progreso”. Los documentos culturales más familiares devienen alegóricos una vez que los referimos a la barbarie que yace en su origen.» (Avelar, p. 316)