miércoles, 27 de junio de 2007

Modernización en America Latina

García Canclini ha realizado una : «La hipótesis más reiterada en la literatura sobre la modernidad latinoamericana puede resumirse así: hemos tenido un modernismo exuberante con una modernización deficiente.»[1]. Su lectura de la Modernidad en Latinoamérica apunta al hecho de ser des-cubiertos por naciones europeas sumamente pobres y con una religiosidad dogmática católica tal que dificultaba el desarrollo de la Modernidad incluso dentro de sus fronteras. No es en ningún caso anecdótico el que la Modernidad comenzara a desarrollarse en Latinoamérica sólo a comienzos del siglo XIX, durante el período de constitución e independencia de los estados-nación latinoamericanos, siendo que la Modernidad europea comienza en el siglo XVII. García Canclini ahondará en sus investigaciones, señalando que la modernización llega hasta Latinoamérica a manera de oleadas esporádicas, no desarrollándose como un proceso sistemático. Así, la oligarquía progresista a principios del siglo XX, el capitalismo en los años 20-30 y la industrialización en los años 40 habrían permeado a Latinoamérica frente al Modernismo.[2]

Como es posible apreciar, el Iluminismo que llega hasta Latinoamérica lo hace sólo en función de las necesidades de grupos de capital, razón por la cual es posible indicar que, aún cuando el Modernismo no entrara de lleno en Latinoamérica, el capitalismo sí consigue penetrar en el continente. Si bien persiste la necesidad de conocimiento, esta necesidad está enfocada hacia el propio capital y ya no en el interés por la razón, la deducción y la invención. Está orientado al desarrollo de nuevas posibilidades de producción económica, siendo el conocimiento una herramienta y un bien propio del mercado. Para ello, la tecnología rápidamente desarrolló nuevas herramientas que permitiesen la interconexión constante entre diversos puntos del planeta. Mantener redes de información de funcionamiento rápido y fácil acceso[3], donde el carácter emancipatorio de los hombres se encuentra en el consumo, la libertad del control remoto, la libertad de consumir.



[1] «[En el mismo párrafo] (…) Puesto que fuimos colonizados por las naciones europeas más atrasadas, sometidos a contrarreformas y otros movimientos antimodernos, sólo con la independencia pudimos iniciar la actualización de nuestros países (Canclini: 2001, p.81) Si bien, en un primer acercamiento, se tendría a calificar a la conquista como primer movimiento moderno dado el intento de eliminar lo barbárico a través de la civilización, este proceso no debe confundir occidentalización con modernización. Puede haber occidentalización sin movimiento modernizador. Esto se puede ver, por dar un ejemplo más actual, en la ocupación de Irak.


[2] Larraín señala que en los años 50 una nueva oleada: « Bajo la influencia de la sociología norteamericana y los trabajos de la Cepal, los países latinoamericanos esperaban modernizar sus sociedades, desarrollando sus mercados internos y apoyando desde el estado programas de industrialización.
La idea de desarrollo, de sociedades en transición a la modernidad mediante el cambio acelerado, era crucial.» (pp.167-168). Otra para los años 60-70 a cargo del renovado espíritu marxista « La desilusión con los resultados de los procesos de industrializa­ción sustitutiva, la falta de crecimiento económico sostenido y el número creciente de contradicciones que aparecían como consecuencia de la pobreza que aquejaba a amplios sectores de la población, dieron lugar a una crítica poderosa del siste­ma capitalista que se consideraba incapaz de producir desa­rrollo económico en las condiciones de la periferia.» (p.168), y, en los 80, una oleada más, a cargo ahora del capitalismo consolidado privatizador «y el colapso de los sueños socialistas. El fracaso del experimento socialista chileno y el agotamiento de otras experiencias popu­listas de izquierda precipitaron una ola de dictaduras militares que cambiaron rápida y radicalmente la dirección de las polí­ticas económicas, abriendo los países del área a la inversión y al consumo de bienes extranjeros.». (p.168)

[3] Martín Barbero señala que «Mientras en nuestra sociedad el tiempo productivo, el valorado por el capital, es el tiempo que “corre” y que se mide, el otro, del que está hecha la cotidianidad, es un tiempo repetitivo, que comienza y acaba para recomenzar, un tiempo hecho no de unidades contables sino de fragmentos ¿Y la matriz cultural del tiempo que organiza la televisión no es acaso esa: la de la repetición y el fragmento? ¿Y no es insertándose en el tiempo del ritual y la rutina como la televisión inscribe la cotidianidad en el mercado? El tiempo en que organiza su programación la televisión contiene a la vez la forma de la rentabilidad y del palimpsesto, de un entramado de géneros. Cada programa o, mejor, cada texto televisivo, remite su sentido al cruce de los géneros y los tiempos. En cuánto género pertenece a una familia de textos que se replican y reenvían unos a otros desde los diversos horarios del día y la semana. En cuanto tiempo “ocupado”, cada texto remite a la secuencia horaria de lo que le antecede y le sigue o a lo que aparece en e palimpsesto otros días a la misma hora. Mirado desde la televisión el tiempo del ocio cubre y devela la forma del tiempo del trabajo: la del fragmento y la serie. Decía Foucault que “el poder se articula directamente sobre el tiempo». Porque es en él donde se hace más visible el movimiento de unificación que atraviesa la diversidad de lo social. Así, el tiempo de la serie habla el idioma del sistema productivo –el de estandarización– pero bajo él pueden oírse también otros idiomas: el del cuento popular y la canción con estribillo y el relato de aventura, aquella serialidad, según B. Sarlo, “propia de una estética donde el reconocimiento funda una parte importante del placer y es, en consecuencia, norma de valores de los bienes simbólicos”. Y aún más, aquel sensorium que, según Benjamín, hace posible la experiencia cultural del nuevo público que nace con las masas. Podría hablarse entonces de una estética de la repetición que, trabajando la variación de un idéntico o la identidad de varios diversos, “conjuga la discontinuidad del tiempo del relato con la continuidad del tiempo relatado”: aquel sentimiento de duración que inauguró el folletín del siglo XIX permitiendo al lector popular hacer tránsito entre el cuento y la novela sin perderse. La serie y los géneros hacer ahora la mediación entre el tiempo del capital y el tiempo de la cotidianidad.» (Martin Barbero, p.8-9)

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