García Canclini ha realizado una : «La hipótesis más reiterada en la literatura sobre la modernidad latinoamericana puede resumirse así: hemos tenido un modernismo exuberante con una modernización deficiente.»[1]. Su lectura de
Como es posible apreciar, el Iluminismo que llega hasta Latinoamérica lo hace sólo en función de las necesidades de grupos de capital, razón por la cual es posible indicar que, aún cuando el Modernismo no entrara de lleno en Latinoamérica, el capitalismo sí consigue penetrar en el continente.
[1] «[En el mismo párrafo] (…) Puesto que fuimos colonizados por las naciones europeas más atrasadas, sometidos a contrarreformas y otros movimientos antimodernos, sólo con la independencia pudimos iniciar la actualización de nuestros países (Canclini: 2001, p.81) Si bien, en un primer acercamiento, se tendría a calificar a la conquista como primer movimiento moderno dado el intento de eliminar lo barbárico a través de la civilización, este proceso no debe confundir occidentalización con modernización. Puede haber occidentalización sin movimiento modernizador. Esto se puede ver, por dar un ejemplo más actual, en la ocupación de Irak.
[2] Larraín señala que en los años 50 una nueva oleada: « Bajo la influencia de la sociología norteamericana y los trabajos de
[3] Martín Barbero señala que «Mientras en nuestra sociedad el tiempo productivo, el valorado por el capital, es el tiempo que “corre” y que se mide, el otro, del que está hecha la cotidianidad, es un tiempo repetitivo, que comienza y acaba para recomenzar, un tiempo hecho no de unidades contables sino de fragmentos ¿Y la matriz cultural del tiempo que organiza la televisión no es acaso esa: la de la repetición y el fragmento? ¿Y no es insertándose en el tiempo del ritual y la rutina como la televisión inscribe la cotidianidad en el mercado? El tiempo en que organiza su programación la televisión contiene a la vez la forma de la rentabilidad y del palimpsesto, de un entramado de géneros. Cada programa o, mejor, cada texto televisivo, remite su sentido al cruce de los géneros y los tiempos. En cuánto género pertenece a una familia de textos que se replican y reenvían unos a otros desde los diversos horarios del día y la semana. En cuanto tiempo “ocupado”, cada texto remite a la secuencia horaria de lo que le antecede y le sigue o a lo que aparece en e palimpsesto otros días a la misma hora. Mirado desde la televisión el tiempo del ocio cubre y devela la forma del tiempo del trabajo: la del fragmento y la serie. Decía Foucault que “el poder se articula directamente sobre el tiempo». Porque es en él donde se hace más visible el movimiento de unificación que atraviesa la diversidad de lo social. Así, el tiempo de la serie habla el idioma del sistema productivo –el de estandarización– pero bajo él pueden oírse también otros idiomas: el del cuento popular y la canción con estribillo y el relato de aventura, aquella serialidad, según B. Sarlo, “propia de una estética donde el reconocimiento funda una parte importante del placer y es, en consecuencia, norma de valores de los bienes simbólicos”. Y aún más, aquel sensorium que, según Benjamín, hace posible la experiencia cultural del nuevo público que nace con las masas. Podría hablarse entonces de una estética de la repetición que, trabajando la variación de un idéntico o la identidad de varios diversos, “conjuga la discontinuidad del tiempo del relato con la continuidad del tiempo relatado”: aquel sentimiento de duración que inauguró el folletín del siglo XIX permitiendo al lector popular hacer tránsito entre el cuento y la novela sin perderse. La serie y los géneros hacer ahora la mediación entre el tiempo del capital y el tiempo de la cotidianidad.» (Martin Barbero, p.8-9)
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