miércoles, 27 de junio de 2007

El Capital en América Latina

La evolución económica de América Latina apunta, gradualmente, a la liberalización del mercado y a la privatización de la industria, incluso cultural. El capital señala y selecciona los elementos que ingresarán o no a la burbuja cultural latinoamericana. Poco a poco, la regulación del mercado por parte de los estados va perdiendo terreno, evidenciando el avance del “imperialismo norteamericano”, el cual no es otra cosa que un capitalismo globalizante[1]. Sin embargo, las sociedades de América Latina sólo terminan de ceder ante el impulso imperialista cuando comienzan a sucederse las dictaduras militares, las cuales, de manera violenta, se apropiarán de la cultura[2] y la libertad. «En América Latina la introducción de esta nueva etapa del ca­pital fue precisamente el papel epocal que jugaron las dictaduras. De nuevo, vale la pena recordar la frase de Eduardo Galeano: se torturó al pueblo para que los precios pudieran ser libres. Si la función de las dictaduras fue la instalación de la etapa posmoderna del capital, la tarea de la escritura en las postdictaduras posmodernas será necesariamente distinta a la de las postdictaduras anterio­res.»[3]. Como dice Avelar, hay que ver a las dictaduras como «instrumentos de de una transepocal del Estado al Mercado»[4]. Una descripción más positiva nos da Lavín: «Labores que antes estaban sólo reservadas al sector pú­blico, han comenzado a ser efectuadas con éxito por em­presas privadas. Las Instituciones de Salud Previsional, más conocidas como Isapres, con un millón de beneficiarios, han generado una demanda por servicios de salud cubiertos por el sector privado. Las primeras cuadras de la calle Salvador, en Santiago, constituyen hoy un verdadero "barrio médico", en el que en menos de medio kilómetro compiten entre sí labo­ratorios, clínicas dentales y centros de salud. La previsión privada es una realidad para más de dos millones de afiliados a las Asociaciones de Fondos de Pen­siones, AFP, y para cientos de jubilados y pensionados del nuevo sistema. Entre otros, el sector privado también incursiona fuerte­mente en el campo de la educación, con la creación de nume­rosos colegios particulares y de 2.700 escuelas privadas subvencionadas por el Estado. Centros de formación técnica, institutos profesionales, y hasta universidades, constituyen y nuevas alternativas privadas para quienes terminan su educación escolar. Se ha generado, incluso, una industria privada de apoyo a la educación, dedicada especialmente a crear programas computacionales para la enseñanza de las más diversas materias.»[5] En este sentido, hay un desplazamiento del ciudadano al consumidor[6], concreto en esta época posdictatorial[7].



[1] «En América Latina la globalización económica es percibida sobre dos escenarios: el de la apertura nacional exigida por el modelo neoliberal hegemónico, y el de la integración regional con que nuestros países buscan insertarse competitivamente en el nuevo mercado mundial. Ambos colocan a la “sociedad de mercado” como requisito de entrada a la “sociedad de la información”» (Martín Barbero, p.17)

[2] «En este caso se trata de la memoria fetichizada, en donde los hechos se nos exhiben como meros datos recordatorios, números, fechas, anécdotas. Es un proceso de mercantilización del discurso; los testimonios adquieren la forma de un objeto cuya observación sólo se permite en desconexión de la totalidad social que le dio origen. Su principal efecto es la trivialización del terror, convertir lo horroroso en banal.» (Azzali, p. 7) Así, «(...) la memoria del mercado pretende pensar el pasado en una operación sustitutiva sin restos. Es decir, concibe el pasado como tiempo vacío y homogéneo, y el presente como mera transición.» (Avelar, p.14)

[3] «[continuando la línea]El imperativo del duelo se impone ahora en un contexto en que la literatura se ha visto forzada a abandonar su papel moderna­mente privilegiado -la imaginación de una otredad no reificada, la redención de lo poético dentro del prosaísmo de la vida cotidiana alienada, el vislumbre de una epifanía redentora. La firma moder­na, una vez singular e inconfundible, se disuelve ahora en el anoni­mato o es barajada en la multiplicidad de firmas apócrifas. La em­presa misma de la literatura parece haber llegado, a partir de la crisis de esa relación constitutiva con el nombre propio que siem­pre le ha caracterizado, a una situación tendencial de guetoización irreversible. En este sentido, el duelo postdictatorial sería también un duelo por lo literario.» (Avelar, p.315)

[4] Avelar, p.22. «Estas transformaciones son consecuencia de tres factores principales: el dramático cambio experimentado por la eco­nomía mundial, que ha pasado en pocos años de la "era industrial" a la "era de la información", debido a un sorpren­dente desarrollo tecnológico; una política deliberada de inte­gración con el mundo, iniciada en 1975, que no echó sólo por tierra las barreras del comercio, sino que amplió el horizonte de los chilenos al otorgarles acceso a información, tecnología y bienes de consumo que hasta entonces sólo conocían por sus escasos viajes al exterior; y todo lo anterior, en un am­biente que ha favorecido la iniciativa individual, la creativi­dad, la innvación, la audacia y la capacidad empresarial» (Lavin, p.11)

[5] Lavin, p.23-24

[6] En una visión positiva del fenómeno, señala Lavín «La orientación hacia el cliente, propia de una economía de mercado competitiva, ha hecho que las Empresas tiendan fuertemente a otorgar un mejor servicio pensando en los diferentes gustos de cada consumidor, en facilidades de financiamiento y en ahorro de tiempo.

Hasta hace pocos años no era posible para un chileno cobrar un cheque en cualquier sucursal de su Banco, ni menos podía obtener fondos o efectuar depósitos los fines de semana. Ahora se efectúan 800.000 transacciones al mes en los 160 cajeros automáticos instalados en diferentes lugares del país.

Los supermercados han alcanzado un notable desarrollo, desplazando al "almacén de la esquina" en todos los niveles de la sociedad. Las comodidades son cada vez mayores: 5.000 familias santiaguinas, especialmente aquellas en que el marido y la esposa trabajan, hacen por teléfono sus compras semanales, las que son despachadas a cada hogar por la flota de camiones de Telemercados Europa. Loa servi­cios al cliente se sofistican cada vez más: en la boleta de los supermercados Almac, la dueña de casa puede leer con todo-detalle cuánto compró de cada producto, con sus respectivos precios. Los grandes mall, como el Parque Arauco o el Apumanque, reciben a más de un millón de personas todos los meses, y rivalizan por atraer clientes transformando el comprar en un verdadero paseo familiar de fin de semana. Paralelamente las tarjetas de crédito Visa, Diners, Master­Card o American Express ayudan al financiamiento de miles de familias, sistema que comenzaron a utilizar -con tarjetas de crédito propias- grandes establecimientos comerciales como Falabella, Almacenes París, Ripley, y otros.
Se puede viajar a Concepción, de noche, en buses-cama, con televisor, o con video-cassette, por un precio más bajo que el del viaje en tren, y es posible telefonear desde Panguipulli -ciudad sureña de 30.000 habitantes- a cualquier lugar del mundo a través de discado directo. ¿La revolución de los servicios?: Una realidad de la que ya disfruta el consumidor chileno.» (Lavín, p.22,23)

[7] «La alegoría es el tropo de lo imposible, ella necesariamente responde a una imposibilidad fundamental, un quiebre irrecuperable en la representación. Si una de nuestras premisas aquí es que la derrota histórica que representan los regímenes militares ha implicado también una derrota para la escritura literaria, se impone entonces la tarea de “hablar otroramente” (allos-agoreuein). Este “hablar otro” no se entiende aquí sólo como una mera búsqueda de formas alternativas de habla, sino también el hablar ‘del’ otro (en el doble sentido del genitivo), de responder a la llamada del otro. (En) la literatura postdictatorial habla al (el) otro. La alegorización tiene un lugar cuando aquello que es más familiar se revela como otro, cuando lo más habitual se interpreta como ruina, cuando se desentierra la pila de catástrofes pasadas, hasta entonces ocultas bajo la tormenta llamada “progreso”. Los documentos culturales más familiares devienen alegóricos una vez que los referimos a la barbarie que yace en su origen.» (Avelar, p. 316)

2 comentarios:

Alejandra Campos dijo...

Recuerdo a Wallace cuando decía que ya no tenía alumnos, sino clientes.
Y me da pena. (Sobre todo si pienso en lo que los ramos de ese caballero produjeron en mí).

Es bien extraño encontrarte aquí, me siento con una rara obligación a escribir cosas más coherentes que las que te dejo por fotolog, es que, creo que es completamente cierto aquello que dices allí abajo con respecto a que en los blogs lo más importante es lo que se escribe.

tequieroadoro!!!!

PD.Mañana comienzo oficialmente con el curso para ser instructora de YoguYoga. Me siento completamente insegura y patética. Como una niña antes del primer día de colegio.

Anónimo dijo...

donnnnnnnnnnnn!!!
estupendo me parece....
komo andaY??
veamonos luego...no dejemos ke pase el nuevo proyecto sin sikiera darnos cuenta....
yap...dale dale
!!!
o_o

edu