Respuesta a lo dicho en las 1as Jornadas de Estudiantes de Letras –“El blog mató a las revistas”
Curiosas cláusulas del corso: últimamente, en Buenos Aires no paran de surgir blogs de escritor y escritores-blogueros con testimonios que dan por muerta a cualquier otra forma de difusión de literatura, mientras que las revistas de poesía que sobreviven al tercer número se cuentan con los dedos de la mano –para ser exactos, de la mano del Androide de “Titanes en el ring”. En el entretanto, desde una revista de literatura general como La mujer de mi vida, quizás bajo la seducción del “viva la muerte” decretado en los blogs, se afirma que la poesía argentina no existe porque nadie va a buscarla a las librerías –como sí van a buscar, se supone, los romances y novelas del staff de aquella revista.
Los blogueros están locos de contentos con la media: seiscientas visitas por día. Y a tal punto les resulta un buen promedio que sostienen: el blog mató a la revista. Pero el blog, ¿qué puede aniquilar si no empieza serruchando el ego y la pereza? ¿Cómo creer que el blog es contundente, si el ejercicio de la crítica se reduce a comentarios mañaneros de tipo “el libro que publicó Raúl es una mierda”? Sí: como todo instrumento, será bueno o malo según se lo maneje –la telefonía celular, por ejemplo, es buena en Escandinavia porque es democrática, y es condenable en Argentina porque, producto del menemismo, el gasto de la llamada recae en los “giles” que tienen teléfono fijo. Pero si el hábito impone que el bloguero sea un superhéroe del fragmento y la desidia; si el hábito manda que el blog sea un paseo de lecturade la vida cotidiana salpicado de declaraciones literarias que no es cool profundizar; si la mayoría de los blogueros son pichones de Baudelaire escribiendo la “Pobre Bélgica” de la última vez que salieron a la calle, ¿cómo puede matar el blog a la revista de poesía?
Si el blog mata, la revista de poesía es un undead. Porque un rosario de ironistas con departamentitis crónica no puede empalar a un sistema de cuatro o diez tipos que tienen que ponerse de acuerdo en un contenido.
No soy bueno para los nombres porque no tengo banda ancha. El blog de Juan Terranova no me gusta ni la mitad de lo que me gustan sus novelas, aunque reconozco que hay un esfuerzo por escapar de la anécdota cotidiana (ya sea literaria o gastronómica o “política”) y llevarla hacia una especie de crítica cultural con la suficiente cohesión y bastante bien “canchereada” ya que no documentada. Otro blog que podría gustarme es el de Santiago Llach, porque, cuando quiere, muestra algo más que la punta de su prosa crítica –pero eso sólo ocurre cuando “sube” al blog una ponencia o un escrito que inicialmente pensó para otro lugar. El blog de Fabián Casas también se luce en la medida en que sube textos en vez de “postear” sensaciones –y ahí está lo que escribió sobre Edwards, sobre Spinetta. Otros son blogs para saber dónde comprar de buena mano pantalones hindúes o revistas viejas. Salvo estas y otras excepciones, los blogs que alguna vez visité me parece que piden demasiada atención para lo biográfico.
Nota aparte para los blogs de estudiantes de Letras que, además de la obligada crítica a Washington Cucurto (“escritor de la mercadotecnia”), se caracterizan por defender la importancia de atiborrar la red con confesiones pinamarescas desde un foucaultianismo veleta (micropolíticas del yo: ‘si todos hablamos de lo que nos pasó en las últimas horas, el Sujeto estalla’). Y nota aparte para el famoso discursito del blog como “procedimiento novedoso”: a su estructura típica de obsequios personalizados, difamaciones al pasar y conjeturas de por qué algo anda mal hoy, me parece, ya la agotó Catulo hace dos mil años. Catulo acabó con el blog.
No se puede hacer un blog con lo que te da la universidad pública. El culto a la espontaneidad en los blogs estaría bueno si hubiera una intensidad de experiencia, y no digo “experiencia” en sentido de “calle” o “mundo” sino, sobre todo, una experiencia de razón: una escritura, la de los blogs en este caso, volcada de lleno a la vitalidad de una idea, al proceso de un sentido que te está enfermando, que te hace escribir a cualquier hora, levantarte a la madrugada, ese tipo de cosas. Si la escritura es espontánea pero no es vital, algo falla.
Vengo de Sao Paulo, donde el blog fue moda hace unos cinco años; hoy los escritores lo usan mucho para la difusión de eventos (lecturas, presentaciones) o el armado de estrategias (coediciones, cartas abiertas). La narrativa en primera persona banal –o, en palabras de Juana Bignozzi, la poesía del “hoy me pongo el pulóver verde”–parece allá haber pasado de los escritores a los actores de teatro off y a las chicas y chicos de clase media alta que deciden ofrecer sexo por dinero. La vida privada argentina está sobrevalorada.
1 comentario:
Tienes razón.
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